miércoles, 5 de octubre de 2011

Ensayo para un regreso








                                                        Dedicado a todos aquellos que no pudieron regresar.

A la sexta hora de la tarde, todo está decidido. A veces cuesta mucho aceptar que se debe dejar quieto el pasado. Seguir de largo, disfrutar el presente. Sin embargo hay tanta cosa sin respuesta que se vuelve una obsesión regresar.

Sus ojos de pronto se oscurecen, cualquier emoción anterior le resulta abstracta y superficial. Revisa con cuidado fechas en su agenda de bolsillo, no se acostumbra a utilizar la electrónica que le han regalado por su cumpleaños.  Toma unos minutos en la cafetería, antes de salir a caminar.

Allí organiza los pasos a seguir. No más se hubo sentado pide un expreso y le advierte al mesero que fuera estilo cubano. 

Mira a través del amplio ventanal la calle que comienza a oscurecerse. Entre dos luces, el día se va yendo, entregado a una brisa venida desde el mar, a no poca distancia de allí.

Instintivamente apaga el celular. Mira alrededor, sin fijarse en nadie, panea como si fuera un director de cine que ensaya una toma. Vuelve la vista hacia la calle.

Traen el café humeante, con un terrón de azúcar. ¿Desea alguna otra cosa? Por ahora no. Gracias.
Sorbe un trago y entrecierra los ojos, paladea despacio. La acidez y el dulzor, todo a punto, un ritual muy añejo y conocido.

No está seguro cómo llegar a la dirección que busca, han pasado tantos años y mucha cantidad de cosas, se acumulan recuerdos, tristes, alegres, despedidas, aeropuertos, abrazos, besos. El pensar en ello le agua un poco los ojos.

Cartas, cuando no existían los famosos correos electrónicos y las escribía  de a dos o tres por día. Sentado en la mesa redonda de la casa. En la mañana estando solo y la niña en la escuela.

Lo inspiraban  las cosas que le aguardan en un futuro cercano, y el destino torcerá a su antojo. De un sorbo se acaba la infusión. 

El pelo largo y negro, sin una cana, sin la más mínima preocupación. Enamorado.

Se distraé con la sirena de algún buque que pide puerto. Larga y sonora. Cierra por completo los ojos y aspira una bocanada de aire, largamente. Llega envuelta en olores de petróleo y asfalto tibio, fresco, recién puesto, embadurnado. Piensa en los pilotes anclados en el viejo espigón de Casablanca. Hundidos en la profundidad de una orilla que sirve de embarcadero desde tiempos inmemoriales.

A la sirena le sigue otra más cerca. Aguda. Semejan dos animales que se hablan en un idioma que solo ellos conocen.

Será todavía blanco y azul el color del remolcador. De niño su padre lo traía a verlos desde un lanchón anclado en la bahía. Hacía las veces de restaurante, le gustaba caminar por la cubierta sin peligro de caer al agua.

¿Desea otro café?, asiente automáticamente. El mesero se aleja sin hacer ruido.


Patria es una calle sin salida. Unas casas antes del final a la derecha. Nadie espera. La casa es un muladar. La puerta amarrada con un alambre oxidado. De la ventana solo queda la reja de hierro martillado.

 Se sujeta a la guarda y mira hacia dentro. La sala no existe, los mosaicos, aunque sucios, conservan el viejo esplendor de antaño, una tras otra las paredes han cedido al tiempo.

 El techo desplomado en muchos lugares, deja pasar la poca luz que la tarde ofrece. Nubla la vista, lo devuelve a la calle, se retira del lugar.

¿Primera vez en Veracruz?, le dice el mesero mientras le sirve otro café.

Desiste del viaje mientras pide la cuenta. Otra vez será. Quizás no está preparado todavía, para enfrentar el regreso.



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