miércoles, 1 de diciembre de 2010

Coatlicue


Hasta cuándo lloraran mis ojos esta noche triste que se vuelve eterna

este recular de lanza rota en la armadura


Detened el fuego mis hijos ya no tienen vida


Bajo la fronda la muerte reina


Quién dio a beber vino de serpientes
que se arrastran malditas


Desafia el puñado al imperio que recoge
su cosecha de años


Detened el fuego que amenaza aniquilarnos


Las trajineras con su carga
entintan de muerte las aguas


Las cabezas apiladas en los terrados
han perdido el valor de sus plumas


El hedor cubre toda la calzada
mis pies se mecen en un barro ensangrentado


Detened el fuego los niños corren despavoridos


 La fusión de razas exige tal pago




Cuatlicue , diosa con falda de serpientes.

Madre, dadora de vida, poseedora de la muerte y dueña de la tierra. Coatlicue es mucho más que una deidad mexica, mucho más que una mujer ambivalente de cuya mano surge al mismo tiempo la luz de la vida y la sombra de la muerte, es el símbolo de la dualidad en una sola figura divina, que también es madre.

En muchos de los paradigmas que sustentan la cosmovisión mexica, existe el elemento de la dualidad como eje de la vida misma. Para el fuego, existe al agua; para la muerte, la vida; para el hombre, la mujer; para la noche, el día; y así, cada objeto y esencia que habitaba la tierra tenía para los mexicas su lado opuesto.
Pero el caso de Coatlicue, la mujer de la falda de las serpientes, es peculiar. En ella convergen no sólo las polaridades de la fertilidad y la muerte, sino "una síntesis de significaciones", como menciona Justino Fernández en su Estética del arte mexicano.
Coatlicue era para los mexicas la diosa de la tierra y por ello dadora del maíz, sustento de esta cultura. También era la madre de Huitzilopochtli, y por esta causa, diosa guerrera.
La leyenda mexica relata que Coatlicue cuidaba de un templo sagrado cuando quedó encinta. Sus hijos comandados por Coyolxauhqui, pensaban matarla por el deshonor de su embarazo cuando Huitzilipochtli nació de ella preparado para la guerra. Huitzilipochtli mató a sus hermanos y lanzó sus restos al cielo, donde se transformaron en estrellas.
No resulta extraño que algunas personas que la observan por primera vez no sólo no sientan admiración ante las distintas representaciones que se preservan sobre ella, sino que incluso les inspire hasta un temor indefinible. Por supuesto que Coatlicue no responde a los cánones de belleza occidentales: su rostro suele ser una calavera o un par de serpientes magníficas que se miran frente a frente, sus pies terminan en impresionantes garras y al frente y atrás ostenta dos calaveras que forman parte de su místico atuendo.
La representación que se encuentra en el Museo Nacional de Antropología ostenta un collar de manos y corazones. La falda que la cubre está hecha de serpientes entrelazadas y abajo, de ricas plumas. Su inclinación hacia el frente supone para Justino Fernández una estructura piramidal que goza de una "clara lógica y todos los caracteres de una obra de arte cabal y gloriosa."
Coatlicue guarda en su rico atuendo símbolos religiosos y cosmogónicos que para Justino Fernández "trascienden toda representación del naturalismo" para convertirse en "signos de latente significado."
Cuando en 1790 el gobierno mandó "igualar y empedrar" la Plaza Mayor, según cuenta León y Gama, Coatlicue surgió casi al mismo tiempo que la gran Piedra del Sol o Calendario Azteca. La diversidad de opiniones sobre su aspecto fue muy grande. Algunos, como Chavero, afirmaron que se trataba del más bello de los ídolos mesoamericanos, mientras que para Tablada, su forma resultaba una "obra de terror y espanto".

Sin embargo, ninguno dejó de considerar el valor de Coatlicue como obra artística y representativa de la cultura mexica.
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