martes, 7 de diciembre de 2010

Autoepitafio

Mal poeta enamorado de la luna,


no tuvo más fortuna que el espanto;

y fue suficiente pues como no era un santo

sabía que la vida es riesgo o abstinencia,

que toda gran ambición es gran demencia

y que el más sórdido horror tiene su encanto.

Vivió para vivir que es ver la muerte

como algo cotidiano a la que apostamos

un cuerpo espléndido o toda nuestra suerte.

Supo que lo mejor es aquello que dejamos

-precisamente porque nos marchamos-.

Todo lo cotidiano resulta aborrecible,

sólo hay un lugar para vivir, el imposible.

Conoció la prisión, el ostracismo,

el exilio, las múltiples ofensas

típicas de la vileza humana;

pero siempre lo escoltó cierto estoicismo

que le ayudó a caminar por cuerdas tensas

o a disfrutar del esplendor de la mañana.

Y cuando ya se bamboleaba surgía una ventana

por la cual se lanzaba al infinito.

No quiso ceremonia, discurso, duelo o grito,

ni un túmulo de arena donde reposase el esqueleto

(ni después de muerto quiso vivir quieto).

Ordenó que sus cenizas fueran lanzadas al mar

donde habrán de fluir constantemente.

No ha perdido la costumbre de soñar:

espera que en sus aguas se zambulla algún adolescente.

(Nueva York, 1989)

Reinaldo Arenas , escritor, poeta, intelectual cubano, fallecido por decisión propia un día como hoy. A su memoria por la importancia de su obra.
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