domingo, 3 de abril de 2011

Noches cubanas

                 Para mi querida amiga América



                            Noche cubana morena bonita de alma sensual.
                                                                              Canción popular cubana




Nada más acorde que preguntar a un marino sobre las noches del mundo. Cuando el barco navega con buen viento hacia el cono sur o se dirige temeroso por las zonas glaciares de Islandia, tal vez en los mares de Australia, quizá en Borneo, Sumatra o Singapur. Un mexicano me hablaría de Acapulco, puede un yucateco discutir sin final sobre las luces de Cuba vistas desde Puerto Progreso.

La noche se desviste para el que sabe mirar. Si salimos a pasear por el malecón habanero a la altura de la desembocadura del río Almendares, cerca de la Chorrera, vemos que las luces del antiguo fortín español se posan en la mar, tiemblan y se aquietan según la hora o la temporada. Coquetean nerviosas con la estela que deja cualquier barca de pescadores y las sombras motivan a los enamorados a cantar viejos boleros.

Sin embargo la noche siendo una se desdobla en muchas según se mire, conserva la magia de mujer incógnita que la convierte en única, especial criatura que la distingue entre miles, es por ello que La Habana preserva su mítico sabor a fiesta y romance tanto como a rumba y desvelo.

Para los amantes del arte inigualable de los cabarets se ofrece la noche bajo las estrellas, el espectáculo que inicio a fines de los treinta y hoy en día continúa deslumbrando a quien lo vive. Tropicana con dos salones regios, uno cubierto con arcos de cristal y otro descubierto rodeado de palmeras, arboles, la humedad tropical y las bellezas femeninas que adornan sus bailes y coreografías. Desde este “paraíso bajo las estrellas” la noche adquiere una dimensión de embrujo.

Otros prefieren caminar descalzos por  la arena de las playas del Este, que llevan nombres indígenas, como Guanabo. Donde se ofrece adornada de máximo esplendor, el cielo brilla en toda  su limpieza, se miran las constelaciones que ofrecen al observador los más interesantes contrastes imaginables, apreciándose la Osa Mayor o la de Orión, mientras los pies dejan una huella que dura exactamente la llegada de otra ola.

Azul, según dijo Neruda, se vuelve la noche, cuando se camina por una carretera del campo cubano a las dos de la mañana, con la mochila al hombro cantando para acortar la distancia de ocho kilómetros hasta el viejo campamento de Waterloo, en Artemisa. La frescura del amor que ofrecen las palmas reales en su  cadencia  emulan sombras de esbeltas mujeres  que el maestro no podrá olvidar nunca.

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