domingo, 3 de septiembre de 2017


4/33/1987
A mitad de agosto volé de Las Vegas al Paso, tomé un taxi y le pedí que me dejara en el aeropuerto de Juárez. Otra vez de vuelta en la Ciudad de México, con la intensión de rehacer el rumbo y tener una familia.
Dos veces perdimos la oportunidad de comprar departamento, optamos por rentar. Encontramos uno bonito en un conjunto de dos Edificios en la calle 11 de abril y Revolución. Con dinero suficiente lo habilitamos de lo necesario, mientras vendía a desgano algunas colecciones de libros. Una compañera me presentó a un pariente que distribuía cintas adhesivas y me incorporé de inmediato a su equipo.
Al mes de vivir en esa dirección llegué un medio día y encontré la puerta abierta y la desagradable sorpresa que habían robado en mi casa.
Casi todo lo que habíamos traído de Las Vegas, cámaras fotográficas, estéreo, televisión, casetera, relojes, y seis mil dólares en efectivo que me había dado un amigo para un trámite de su familia. Todo revolcado y nadie había oído o visto nada sospechoso. Cómo podía ser que bajaran lo robado por la escalera desde un primer piso, atravesaran otro bloque de edificios y pasando por delante de la casa del administrador, nadie se percatará. Con el tiempo sostengo la teoría que el ladrón tuvo que ser algún vecino coludido con el propio encargado.
Ese robo trajo dos rupturas, la primera con mi amigo de la infancia que conociéndonos desde niños creyó que había sido un auto robo. Y nunca más aceptó hablar conmigo. La otra la salida a los pocos días de mi esposa que llevándose a mi hija se mudó para casa de una hermana.
Otra vez volvía a quedarme solo y deprimido por todo lo pasado. Menos de quince días después amaneciendo, recibo una llamada de una cuñada, estaba esperándome en la puerta del edificio para decirme que mi mujer había perdido la criatura y venía a buscarme para ir al hospital.
Yo no estaba informado de embarazo alguno, por lo que la noticia aumentó mi depresión. Aún cierro los ojos y la veo sentada en una camilla de una habitación en penumbras con una bata medio sujeta con una cinta verde. Nos abrazamos llorando sin mencionar palabra. La dejé un momento con mi cuñada y fui a conversar con el médico. Su útero no retiene criatura, en cuanto toman algo de peso se desprenden inmediatamente. Recordó el embarazo anterior y me explico que cualquier otro embarazo sería de alto riesgo. No hice pregunta alguna. Le estreché la mano y volví a la habitación. Ya dada de alta, decidimos buscar una casa en renta donde ella deseara. Casi de inmediato aparecía un bonito departamento en las Torres de Mixcoac.
A la venta de las cintas añadí equipos de protección. Y fui requerido por uno de mis proveedores para ofrecerme el puesto de Gerente de Ventas. Era un negocio familiar pequeño, que funcionaba bajo la dirección del dueño costarricense. Noté con los días que él deseaba ir dejando el negocio en manos de su hijo, y también me percaté que este último desconocía los entre telones del mundo de las ventas, por lo que un día, cansado de lidiar con él, renuncié, dije adiós y como dice la canción, me fui para no volver.
No he sido un gran vendedor, pero doy resultados, aprovecho la empatía que despierto en las gentes, cosa que es sumamente importante en este mundo de las ventas. Fue en esos instantes que decidí comenzar a trabajar por mi cuenta. Compro y vendo cintas adhesivas, zapatos de protección, mascarillas, petos, y guantes y además material metálico para almacenaje.
Mi relación familiar sigue deteriorándose y todo el tiempo juntos es la comunión de los fantasmas, son más los días malos que los aceptables.
Por supuesto toda la bonanza que nos trajo el dinero ganado en USA, ya era historia para esos momentos y vivíamos al día con los ingresos de nuestras actividades.
Mi única distracción era esperar el domingo para ir a la Casa Cuba de Félix Cuevas, donde nos reuníamos cubanos y mexicanos, se bebía, comía, y jugaba dominó y el día pasaba agradable, hasta las 9 de la noche.
En dos meses he recorrido toda la zona industrial de Iztapalapa, van saliendo algunos pedidos y sigo dejando tarjetas. De pronto cae la perla de la corona. La jefa de compras de Mattel después de unas cuantas visitas, me llama al bíper para hacerme un pedido.
Y así empieza una relación laboral que da cierta estabilidad a mi vida personal. La fábrica de juguetes utiliza diversos tipos de cintas, pero la más importante es la que sella las cajas para su almacenamiento. Mil pies por dos pulgadas. El proveedor de esa cinta en la ciudad de México, era el familiar de mi compañera de Britannica, ya no trabajabamos juntos y de cierta forma yo era su competencia, pues él y su cuñado visitaban Mattel también, sin embargo por esas cosas de la vida, la jefa de compras prefería hacerme el pedido a mi, por lo que enojó a mis antiguos jefes y me negaron su venta. Eso me llevó a la frontera para negociar con un proveedor mexicoamericano.
Un día de agosto desciendo del autobús que me lleva a la frontera, en busca de 40 rollos de cintas jumbos para Mattel.
A este proveedor lo había conocido en una exposición en el Hotel de México, cuando aquello era un proyecto indefinido de hotel. Me regaló una tarjeta de presentación y resultó ser un tipo muy amable y profesional.
Solo Dios sabe que pasaba por mi mente, irme a la frontera en agosto con traje y corbata. Me detuve en un bar, cosa que nunca hago, para preguntar por un hotel y el encargado demostró la clase de gente que son los norteños, conversamos me invitó una cerveza, pero no me gusta negociar con olor a alcohol, por lo que me dio un refresco. Y me dijo, no te preocupes cubano, deja tus cosas aquí y a dos calles encontrarás una tienda que vende ropa casual. Aquí te espero y me dio una tarjeta de presentación.
Compré jeans, camisa y unas botas vaqueras. Cuando regresé se río y me dijo, ahora si estás en ambiente. Me indico el rumbo de un hotel llamado del Río, le agradecí su amabilidad y prometí volver.
A estas alturas era medio día y tenía hambre. Salí del hotel y caminé por unos portales, me llamó la atención la cantidad exagerada de zapaterías Tres Hermanos. Al llegar a una esquina vi por primera vez cabrito asado a los hierros que forman una cruz y me puse a mirar el asador de tal forma curioso que el cocinero saludándome me preguntó si iba a pasar, le pregunté qué era aquel animal, debí verme muy ignorante pero otra vez el acento me sacó de apuros, eres cubano, verdad, es cabrito y con la misma cortó un pedazo y me lo dio.
Comí parado casi en la barra junto al cocinero que estaba muy interesado en ir a Cuba. Siempre agradable y sonriente, no quiso cobrarme, pero me tuvo de cliente cautivo para los próximos días que tuve que permanecer en la ciudad.
En la tarde se apareció el proveedor de las cintas adhesivas y después de negociado el precio, por cierto muy aceptable, cometo el error de pagarle todo y promete la entrega al otro día en la mañana, saco mis cálculos y dispongo regresar en la tarde.
Pasa la mañana y lo llamo, me responde una secretaria diciendo que el Sr. no está, hago otras llamadas en el transcurso del día sin éxito. Aquello empieza a disgustarme. Rento una noche más en el hotel y decido esperar al otro día. En la noche quise salir a caminar y el encargado del hotel me comentó que la ciudad no era segura en las noches por lo que me sugería que viera televisión. Efectivamente en la madrugada se oyeron disparos por diferentes rumbos y sirenas de carros de policía pasando a gran velocidad.
Al otro día reanudé mis llamadas y para ese entonces la señorita que me atendía tuvo la amabilidad de decirme que su patrón había tenido que salir de urgencia de la ciudad.
Como aquello ya empezaba a preocuparme comencé a pensar de qué manera recuperar mi dinero o las cintas. Recordé entonces que mi amigo el Ing. Ezpeleta en varias ocasiones había mencionado tener un amigo comandante de aduanas en esa frontera. Llamé a mi amigo a su casa y le conté lo que me estaba pasando. Me pidió los datos de mi hotel y prometió llamar más tarde. Serían las nueve de la noche del viernes cuando me llamaron a la habitación para decirme que el comandante Cienfuegos me esperaba en el lobby. Mientras nos tomábamos un café le di la tarjeta del proveedor y quedó en ayudarme.
En la mañana temprano recibí una llamada para que fuera a la recepción. Allí estaba esperando el comandante con una enorme sonrisa, me dijo ven a ver. En la parte trasera de su camioneta de aduanas venían bien ordenadas unas cajas que yo supuse eran mis cintas, cosa que me devolvió el alma al cuerpo.
Me hizo el favor de llevarme hasta la paquetería y enviamos las nueve cajas rumbo a México. Nunca aceptó nada de mí. Me pidió que cualquier otro negocio así, se lo hiciera saber y con un fuerte estrechón de manos nos despedimos. La aventura de las cintas adhesivas me tuvo una semana completa en Nuevo Laredo.
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