martes, 29 de agosto de 2017

1/33/1984


El mes de septiembre de 1984, promete ser un mes más de espera por trámites de inmigración mexicana y cubana. Ambas parecen haberse puesto de acuerdo para impedir que yo pueda salir de La Habana.
Aún no he tenido la oportunidad de conocer a mi hija nacida en la Ciudad de México, el 19 de diciembre de 1982.
Llevo cuatro meses trabajando de ayudante de albañil en una obra en la 5ta. Ave de Marianao, para cumplir uno de los requisitos impuestos por el Instituto cubano de Inmigración, si no tiene usted un trabajo oficial, no podrá abandonar el país.
Para entonces llevo cuatro años trabajando ilegal como fotógrafo, cubriendo todo tipo de fiestas, y tengo una clientela que me permite ir sacando lo necesario para vivir. A todas estas estoy remodelando la casa de mi madre y batallando para conseguir los materiales que me permitan concluir a tiempo.
Las llamadas a México eran un verdadero suplicio. Se pedía por la mañana y no había hora fija para que la enlazaran. Se podía estar todo el día y la llamada la enlazaban 8 o 9 horas después. Y solo permitían 6 minutos de conversación.
Cada semana durante casi dos años la respuesta era casi idéntica: “Me dijeron que volviera el próximo viernes pues aún no tiene respuesta”. Quien hablaba era la mamá de mi hija y si lo que decía era o no cierto nunca la cuestioné sobre el particular.
Solo veía como otros cubanos salían antes que yo sin tener incluso hijos de por medio.
Así llegó el mes de octubre y desesperado le pedí a una persona me llevara con una bruja de esas que abundan en Cuba. La Señora no pudo atenderme estaba convaleciente de una amputación de pierna. Nos mandó con un Señor vecino, era el primero o segundo día de octubre.
Mis tíos, siempre bondadosos conmigo, me habían mandado no solo el dinero del avión, pues no aceptaban pasajes en moneda cubana, se requerían dólares. También enviaron a la mamá de mi hija, en Ciudad México, la cantidad de tres mil pesos americanos para sobornar al oficial del INM mexicano para que diera la visa que habían negado por casi dos años.
En el año que narro José López Portillo era presidente de México y había nacionalizado la banca por lo que al cambio mi ex pareja recibe dinero mexicano. En los días que el dinero permanece en su casa, la muchacha que hace la limpieza lo hurta y cuando llega el día de llevarlo a Inmigración se encuentran que no está. Gracias a la velocidad con que la familia se mueve logran recuperar casi todo el dinero. Sin necesidad de que intervenga la policía, pues entonces nunca habría aparecido.
Al llegar a la casa del Señor recomendado por la bruja, nos hace pasar a una habitación extremadamente limpia y sin muebles, recuerdo solo una silla. Negro, viejo y enjuto, no habla mucho, solo dice que no era necesario ir a verlo, me mira a la cara y me dice, antes de fin de mes no estarás aquí, acostumbrado a tratar con todo tipo de timadores, no pongo expresión alguna en mi rostro. Sí, repite, antes de fin de mes te vas de Cuba. No quiso que le pagara nada.
La noche antes de salir no quise hacer fiesta, no sentía ninguna emoción como para ello. Visite a unos amigos y vi como mi madre preparaba la maleta con las pocas cosas que le había puesto para irme.
Casi no hablamos esa noche. Mi hermanita dormía, sin darse cuenta de lo que pasaba.
En la mañana vino un amigo por mí en un vehículo de su trabajo. Antes entré a despedirme de mis tíos y primos. Ellos por miedo a los mítines repudio de 1980, y temerosos de verse envueltos en algún problema con el Estado no me hablaban desde ese año. Entré un momento los saludé y abracé y salimos junto a otro amigo rumbo al aeropuerto, mi madre no quiso acompañarme. Todavía le pedí a mi amigo que pasáramos a ver a un matrimonio de amigos muy queridos pues no sabía cuando nos volveríamos a ver.
Al llegar a la terminal aérea me despedí con un fuerte abrazo de mis dos amigos y entre a la pecera para documentar. Todavía estuve un tiempo allí que permitió ver llegar a una amiga muy querida y su familia, nos despedimos a través de un vidrio. Fue un trámite rápido, de pronto me vi caminando hacía un enorme IL 62-M que esperaba en la pista.
Recuerdo que iban pocas personas a bordo y entre ellas una chica de cabellos azules y naranjas, extranjera. Tomé mi lugar y comencé a llorar.
El viaje transcurrió sin que prestara atención a los detalles. Solo me impactaron dos cosas, El Pico de Orizaba, majestuoso y cubierto de nieve como un ojo impresionante entre la vegetación. Y la entrada al cielo contaminado de la Ciudad de México, mi nuevo país, con su nata de nubes magentas, amarillas y naranja dándome la bienvenida al mundo que me esperaba.
Al avión lo fueron a estacionar al fondo mismo de una pista y hasta allá fue un autobús de doble nivel para recogernos.
Después de una serie de cuestionamientos pude por fin acceder a una sala que al abrir sus puertas me permitió ver a mi esposa, mis dos cuñadas y mi hermosa hija.
Estando en los saludos alguien se acerco para invitarme a pasar a Inmigración allí me retuvieron unos diez minutos y me indicaron que me presentara el lunes en la calle de Juárez frente al Hotel Regis.
La salida del aeródromo fue lenta las calles atestadas de autos donde parecía que no se podía pasar de un carril a otro. Todo me resultaba enorme. Noté que la luz llegaba como filtrada y no se visualizaba la transparencia de Cuba.
Casi una hora después estábamos en casa en el edificio A-10 de las Torres de Mixcoac.
Aún no podía darme cuenta que en pocas horas mi vida se había transformado para siempre.
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